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jueves, 5 de agosto de 2010

Eternidad

20070607203259-backlight


- ¿Cómo alcanzaré la vida eterna?
- Ya es la vida eterna. Entra en el presente.
- Pero ya estoy en el presente… ¿o no?
- No.
- ¿Por qué no?
- Porque no has renunciado al pasado.
- ¿Y por qué iba a renunciar a mi pasado?. No todo el pasado es malo…
- No hay que renunciar al pasado porque sea malo, sino porque está muerto.

Anthony de Mello





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~ Non sum qualis eram - No soy la que fui ~

viernes, 6 de noviembre de 2009

Escaleras



Escaleras, originalmente cargada por Mariposa de humo ʚïɞ.


Busco en mis recuerdos, en mi pasado, en mis sueños. Le busco...

Piso cada peldaño frente a mi, subiendo y bajando, entrando por esas silenciosas puertas que me llevan de habitación en habitación, buscando...


Una mano cálida...
La piel tibia...
Su mirada...
Nuestros labios...


Los recuerdos pringados de polvo me alientan a seguir adentrándome en esas infinitas habitaciones, y yo continúo con la promesa de sensaciones que hace tiempo no dibujan mi ser.

Le sigo buscando. Quizás algún día, él y yo nos reencontremos.



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~ Non sum qualis eram - No soy la que fui ~

lunes, 8 de diciembre de 2008

La cultura del terror 2


Dia 312. La cultura del terror 2
Cargado originalmente por Mariposa de humo ʚïɞ

La extorsión,
El insulto,
La amenaza,
El coscorrón,
La bofetada,
La paliza,
El azote,
El cuarto oscuro,
La ducha helada,
El ayuno obligatorio,
La comida obligatoria,
La prohibición de salir,
La prohibición de decir lo que se piensa,
La prohibición de hacer lo que se siente
Y la humillación pública
Son algunos de los métodos de penitencia y tortura tradicionales en la vida familiar. Para castigo de la desobediencia y escarmiento de la libertad, la tradición familiar perpetúa una cultura del terror que humilla a la mujer, enseña a los hijos a mentir y contagia la peste del miedo.

– Los derechos humanos tendrían que empezar por casa – me comenta, en Chile, Andrés Domínguez.

Eduardo Galeano


Para el reto "365 días" en Flickr, me ha dado por tomarme fotos que de alguna manera sean alusivos o inspirados en textos de Eduardo Galeano (tomados de "El libro de los abrazos").

Me ha gustado el resultado, aunque algunas imágenes opté por señalarlas como "Moderadas", por aquello de que los menores de edad y que el desnudo artístico (total o parcial) pueden ser considerado como ofensivo...

Se me acaban los cuentos y me gustaría seguir con esa dinámica, por lo que tendré que conseguir más... ¿Alguno de mis amables lectores tienen algún cuento breve que me conviden?

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~ Non sum qualis eram - No soy la que fui ~

jueves, 9 de octubre de 2008

De Don Durito

Desde hace un mes o más me dió por buscar reflexiones, citas, cuentos y diálogos imposibles de Don Durito de la Lacandona. Ya tengo el libro y espero en breve poderlo leer (nada más termino "Rayuela" de Cortazar). Hoy, releyendo algunas de esas reflexiones suyas y que fueron transcritas por su escudero, el Sup Comandante Marcos, quise poner aquí un par de ellas.
Convido una canción de León Gieco: El Sr. Durito y yo.




DEL AMOR Y ESAS COSAS (primeras de 7,777 partes)

Reflexión UNO: El principal defecto del amor es que se acaba.

Reflexión DOS: A la hora del amor, al amor nadie le pregunta su opinión.

Reflexión TRES: Antes del amor, se suelen quemar las naves que después, en el desamor, serán reconstruidas con rapidez.

Reflexión CUATRO: En el amor, fastidia la cercanía continua y desesperan las ausencias extendidas en tiempo y distancia.

Reflexión CINCO: El problema en el amor no es quitarse la ropa, sino quitarse el miedo.

Reflexión SEIS: Al amor nadie lo entiende, pero quienes menos lo entienden son los enamorados.

Reflexión SIETE: El amor es la única búsqueda donde, cuando uno, o una, según, encuentra, se pierde.

Fin de las reflexiones de Don Durito de La Lacandona.


Me quedo con la reflexión 5. Quitarse los miedos es más difícil que desnudar cuerpos...


DIÁLOGO IMPOSIBLE ENTRE DURITO Y EL DIABLO.
(Sobre la justicia).

Don Durito de La Lacandona, escarabajo por accidente genético y andante caballero por vocación, vencido ha a quien, con ropa de juez rico, ha desafiado la razón condenando al inocente y absolviendo al culpable. Es el diablo en persona quien presente se hace para reclamar el alma del perverso pervertidor. Durito no lo detiene, cada quien su trabajo y su modo, pero ganas tiene de tabaco y plática. Saca y enciende la pipa. El aromático humo invita a la charla y el sosiego. El Diablo a saber qué fuma, pero une su humo al del bizarro caballero.

Durito: - Mucho trabajo -.

El Diablo: - Mucho, mucho -.

Durito: - ¿Y la paga? -.

El Diablo: - Ahí la lleva uno, para nada alcanza -.

Durito: - ¿Caro el infierno? -.

El Diablo: - Como debe ser, grandes inversiones, calefacción digital, dispositivos anticontaminantes, hornos de microondas, la renta, los impuestos -.

Durito: - Entonces los ricos, ¿pagan para llegar y estar? -.

El Diablo: - No, pagan para no llegar y no estar -.

Durito: - En el infierno, entonces, ¿no llegan los que deben llegar y no están los que deben estar? -.

El Diablo: - No, qué va. Están los que no tienen la paga para no llegar y no estar -.

Durito: - Como la justicia acá -.

El Diablo: - Eso, como la justicia acá -.

Durito: - Mal y malo entonces -.

El Diablo: - A eso me dedico, a buscarlos arriba, a encontrarlos arriba, a cobrarles -.

Durito: - ¿Mucho trabajo? -.

El Diablo: - Mucho, mucho -.

Da fe de este diálogo imposible:
Subcomandante Insurgente Marcos.
México, Junio del 2006.


Tras 2 o 3 años de esos escritos, ¿realmente han habido cambios?...

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jueves, 7 de junio de 2007

Caluroso



El cielo está límpido, no hay nubes el el cielo, es mediodía y el sol calienta la tierra con todo su esplendor.

Hace calor.

Los cubículos se sienten sofocantes, no hay brisa de viento que atraviese las ventanas y refresque un poco el ambiente. Los ventiladores solo mueven el aire caliente y pesado alrededor de los pequeños espacios, sin lograr aliviar un poco la incómoda sensación de sofocación.

Hace mucho calor.

Sentada frente a mi computadora, hago grandes esfuerzos para evitar que el sopor me venza; siento la ropa que se adhiere en forma molesta a mi piel y el enojo trata de apoderarse de mi. Me siento encerrada y dejo de prestarle atención a las pequeñas gotas de sudor que se van formando en mi cuerpo para caer en lentos hilillos húmedos que recorren las curvas que hay ante ellas.

Distraída, limpio con el dorso de mi mano un hilillo que siento sale de mi fosa nasal derecha. "Maldición! -pienso incómoda- ahora también me escurre la nariz". Busco un pañuelo para limpiarme la mano y noto que en vez de sudor hay un líquido grisáseo desconocido. Me pregunto qué podría ser, cuando siento que de mis oídos se escurre lentamente otro hilillo de agua. Intrigada, me seco con el pañuelo y noto que es más de ese líquido grisáseo. No entiendo, trato de comprender qué ocurre pero mi mente se va quedando sin ideas.

Voy perdiendo poco a poco los movimientos y lo que sucede a mi alrededor deja de interesarme mientras caigo lentamente en un letargo mortal. Una última idea se cruza por mi mente antes de apagarse para siempre:

- "Tenía qué ocurrir. Finalmente el calor me derritió el cerebro.... ¡Hace demasiado calor!."


Pd. No se me ha derretido por completo el cerebro. Pero hay momentos que siento que eso está ocurriendo y por eso salió este cuentito que escribí hoy.

martes, 5 de junio de 2007

Cuento infantil políticamente correcto

Martes, un buen martes. Ayer camino a casa recordé que hace tiempo había leído unos cuentos políticamente correctos de James Finn Garner. Hou me puse a buscar esos cuentos y encontré 4 (Los tres cochinitos, Caperucita roja, La Cenicienta y La cigarra y la hormiga), cada uno de ellos muy bueno y se me antojó compartir uno de ellos.


Pd. Ya se me está haciendo costumbre y ayer olvidé poner un post data... Hoy no se me olvida de nuevo: Está haciendo mucho caloooorrrr!!


LA CENICIENTA
(James Finn Garner)


Erase una vez una joven llamada Cenicienta cuya madre natural había muerto siendo ella muy niña. Pocos años después, su padre había contraído matrimonio con una viuda que tenía dos hijas mayores. La madre política de Cenicienta la trataba con notable crueldad, y sus hermanas políticas le hacían la vida sumamente dura, como si en ella tuvieran a una empleada personal sin derecho a salario.

Un día, les llegó una invitación. El príncipe proyectaba celebrar un baile de disfraces para conmemorar la explotación a la que sometía a los desposeídos y al campesinado marginal. A las hermanas políticas de Cenicienta les emocionó considerablemente verse invitadas a palacio, y comenzaron a planificar los costosos atavíos que habrían de emplear para alterar y esclavizar sus imágenes corporales naturales con vistas a emular modelos irreales de belleza femenina. (Especialmente irreales en su caso dado que desde el punto de vista estético se hallaban lo bastante limitadas como parar un tren.) La madre política de Cenicienta también planeaba asistir al baile, por lo que Cenicienta se vio obligada a trabajar como un perro (metáfora tan apropiada como desafortunadamente denigratoria de la especie canina).

Cuando llegó el día del baile, Cenicienta ayudó a su madre y hermanas políticas a ponerse sus vestidos. Se trataba de una tarea formidable: era como intentar apelmazar cuatro kilos y medio de carne animal no humana en un pellejo con capacidad para contener apenas la mitad. A continuación, vino la colosal intensificación cosmética, proceso que resulta preferible no describir aquí en absoluto. Al caer la tarde, la madre y hermanas políticas de Cenicienta la dejaron sola con órdenes de concluir sus labores caseras. Cenicienta se sintió apenada, pero se contentó con la idea de poder escuchar sus discos de canción protesta.

Súbitamente, surgió un destello de luz y Cenicienta pudo ver frente a ella a un hombre ataviado con holgadas prendas de algodón y un sombrero de ala ancha. Al principio, pensó que se trataba de un abogado del Sur o de un director de banda, pero el recién llegado no tardó en sacarla de su error.

- Hola, Cenicienta, soy el responsable de tu padrinazgo en el reino de las hadas o, si lo prefieres, tu representante sobrenatural privado. ¿Así que deseas asistir al baile, no es cierto? ¿Y ceñirte, con ello, al concepto masculino de belleza? ¿Apretujarte en un estrecho vestido que no hará sino cortarte la circulación? ¿Embutir los pies en unos zapatos de tacón alto que echarán a perder tu estructura ósea?¿Pintarte el rostro con cosméticos y productos químicos de efectos previamente ensayados en animales no humanos?

- Oh, sí, ya lo creo -repuso ella al instante.

Su representante sobrenatural dejó escapar un profundo suspiro y decidió aplazar la educación política de la joven para otro día. Recurriendo a su magia, la envolvió de una hermosa y brillante luz y la transportó hasta el palacio.

Frente a sus puertas, podía verse aquella noche una interminable hilera de carruajes: aparentemente, a nadie se le había ocurrido compartir su vehículo con otras personas. Y llegó Cenicienta en un pesado carruaje dorado que arrastraba con enorme esfuerzo un tiro de esclavos equinos. La joven iba vestida con una ajustada túnica fabricada con seda arrebatada a inocentes gusanos, y llevaba los cabellos adornados con perlas producto del saqueo de laboriosas ostras indefensas. Y en los pies, por arriesgado que ello pueda parecer, llevaba unos zapatos labrados en fino cristal Al entrar Cenicienta en el salón de baile, todas las cabezas se volvieron hacia ella. Los hombres admiraron y codiciaron a aquella mujer que tan perfectamente había sabido satisfacer la estética de muñeca Barbie que unos y otros aplicaban a su concepto de atractivo femenino. Las mujeres, por su parte, adiestradas desde su más tierna edad en el desprecio de sus propios cuerpos, contemplaron a Cenicienta con envidia y rencor. Ni siquiera su propia madre y hermanas políticas, consumidas por los celos, fueron capaces de reconocerla.

Cenicienta no tardó en captar la mirada errante del príncipe, quien se encontraba en aquel momento ocupado discutiendo acerca de torneos y peleas de osos con sus amigotes. Al verla, el príncipe se sintió temporalmente incapaz de hablar con la misma libertad que la generalidad de la población. "He aquí -pensó-, una mujer a la que podría convertir en mi princesa e impregnar con la progenie de mis perfectos genes, lo que me convertiría en la envidia del resto de los príncipes en varios kilómetros a la redonda. ¡Y encima es rubia!"

El príncipe se dispuso a atravesar el salón de baile en dirección a su presa. Sus amigos siguieron sus pasos en pos de Cenicienta, y todos aquellos varones presentes en la sala que contaban menos de setenta años de edad y no estaban ocupados sirviendo copas hicieron lo propio. Cenicienta, orgullosa de la conmoción que estaba causando, avanzaba con la cabeza alta, adoptando el porte propio de una mujer de elevada condición social. Pronto, sin embargo, resultó evidente que dicha conmoción se estaba convirtiendo en algo desagradable o, al menos, susceptible de producir disfunción social.

El príncipe había declarado de modo inequívoco a sus amigos que tenía intención de "poseer" a aquella joven mujer. Su determinación, no obstante, había irritado a sus compañeros, ya que también ellos la codiciaban y pretendían poseerla. Los hombres comenzaron a gritarse y empujarse unos a otros. El mejor amigo del príncipe, un duque tan robusto como cerebralmente constreñido, le detuvo a medio camino de la pista de baile e insistió en que él sería quien consiguiera a Cenicienta. La respuesta del príncipe consistió en un rápido puntapié en la ingle, lo que dejó al duque temporalmente inactivo. El príncipe, sin embargo, se vio inmovilizado por otros varones sexualmente enloquecidos y desapareció bajo una montaña de animales humanos.

Las mujeres contemplaban la escena, espantadas ante aquella depravada exhibición de testosterona, pero, por más que lo intentaron, se vieron incapaces de separar a los combatientes. A sus ojos, parecía que no era otra que Cenicienta la causa del problema, por lo que la rodearon dando muestras de una nada fraternal hostilidad. Ella trató de escapar, pero sus incómodos zapatos de cristal lo hacían casi imposible. Afortunadamente para ella, ninguna de sus rivales había acudido mejor calzada. El estruendo creció hasta el punto de que nadie oyó que el reloj de la torre estaba dando las doce. Al sonar la última campanada, la hermosa túnica y los zapatos de Cenicienta se esfumaron y la joven se vio nuevamente ataviada con sus viejos harapos de campesina. Su madre y hermanas políticas la reconocieron de inmediato, pero guardaron silencio para evitar una situación embarazosa.

Ante aquella mágica transformación, todas las mujeres enmudecieron. Liberada del estorbo de su túnica y de sus zapatos, Cenicienta suspiró, se estiró y se rascó los costados. A continuación, sonrió, cerró los ojos y dijo:

-Y ahora, hermanas, podéis matarme si así lo deseáis, pero al menos moriré contenta.

Las mujeres que la rodeaban volvieron a experimentar una sensación de envidia, pero esta vez enfocaron la situación desde una perspectiva diferente: en lugar de perseguir venganza, comenzaron a desprenderse de los corpiños, corsés, zapatos y demás prendas que las limitaban. Inmediatamente, empezaron a bailar a saltar y a gritar de alegría, pues se sentían al fin cómodas con sus prendas interiores y sus pies descalzos. De haber distraído los varones la mirada de su machista orgía de destrucción, habrían podido ver a numerosas mujeres ataviadas tal y como normalmente acuden al tocador. Sin embargo, no cesaron de golpearse, aporrearse, patearse y arañarse hasta perecer todos, desde el primero hasta el último.

Las mujeres chasquearon los labios, sin experimentar remordimiento alguno. El palacio y el reino habían pasado a ser suyos. Su primer acto oficial consistió en vestir a los hombres con sus propios vestidos y afirmar ante los medios de comunicación que los disturbios habían surgido cuando algunas personas amenazaron con revelar la tendencia del príncipe y de sus amigos al travestismo. El segundo fue fundar una cooperariva textil destinada únicamente a la producción de prendas femeninas confortables y prácticas. A continuación, colgaron un cartel en el castillo anunciando la venta de CeniPrendas (pues así se denominaba la nueva línea de vestido) y, gracias a su actitud emprendedora y a sus hábiles sistemas de comercialización, todas -incluidas la madre y hermanas políticas de Cenicienta- vivieron felices para siempre.

jueves, 15 de febrero de 2007

Fire

burnBurn
pic by
lord chernoville


Estiró la mano para atrapar la brillante luz que flotaba entre nosotros dos, muy cerca de mi pecho.

La encerró en el hueco de sus manos con ofuscada posesión obsesiva, impidiendo así su escape y también su respirar. Cuando el fuego se extinguió, abrió sus manos con gesto asqueado, como quien mata un insecto y trata de limpiarse los restos viscosos tirandolos al suelo con desagrado. Tras limpiarse con furia las manos, dió media vuelta para alejarse a grandes pasos, dejándome envuelta por las tinieblas de la soledad.

Fue un acto simple y a la vez terrible. No tuvo compasión de matar el fuego de mi amor.


09/feb/07
Mariposa de humo



Escrito para The picture kept will remind me

viernes, 12 de enero de 2007

Propósito de año nuevo

Se volvieron a reencontrar.

Ella se dió cuenta de la agitación que había producido en él, pues se sabía más hermosa que la última vez que se vieron. Sonrió con disimulo y aparentó no percatarse del sonrojo que tiñió su rostro, pero en su interior se sentía halagada. Quería que él se acercara aún más a ella y...

Se reconvino mentalmente con enojo: eso ya era historia pasada y se había esforzado bastante en levantar muros que le aislaran su corazón. No debería de sentirse inquieta por sentir su mirada, ni tampoco estremecerse con el grave tono de su voz que amó.

Siguió ahí, de pié frente a él, con su sonrisa congelada y ademanes indiferentes tratando con desesperación de ocultar lo mucho que le extrañaba.

Se despidieron y ella le miró marcharse, mordiendo su labio inferior para acallar las palabras que pugnaban por salir. Lanzó un debil suspiro y meneó la cabeza con tristeza.

Después de todo, quizás su propósito de año nuevo de olvidarle no lo iba a cumplir.

Light


(Hacía mucho que no narraba un cuento
o que contaba una realidad soñada.
Olvidé que los jueves solía poetizar
y he aquí que lo retomo
con un cuento... o una realidad.)

jueves, 2 de noviembre de 2006

El callejón del muerto - Leyenda

Corría el año de 1600 y a la capital de la Nueva España continuaban llegando mercaderes, aventureros y no pocos felones, gentes de rompe y razga que venían al Nuevo Mundo con el fin de enriquecerse como lo habían hecho los conquistadores. Uno de esos hombres que llegaba a la capital de la Nueva España con el fin de dedicarse al comercio, fue don Tristán de Alzúcer que tenía un negocio de víveres y géneros en las Islas Filipinas, pero ya por falta de buen negocio o por querer abrirle buen camino en la capital a su hijo del mismo nombre, arribó cierto día de aquél año a la ciudad.

Después de recorrer algunos barrios de la antigua Tenochtitlán don Tristán de Alzúcer se fue a radicar en una casa de medianía allá por el rumbo de Tlaltelolco y allí mismo instaló su comercio que atendía con la ayuda de su hijo, un recio mocetón de buen talante y alegre carácter.

Tenía este don Tristán de Alzúcer a un buen amigo y consejero, en la persona de su ilustrísima, el Arzobispo don Fray García de Santa María Mendoza, quien solía visitarlo en su comercio para conversar de las cosas de Las Filipinas y la tierra hispana, pues eran nacidos en el mismo pueblo. Allí platicaban al sabor de un buen vino y de los relatos que de las islas del Pacífico contaba el comerciante.

Todo iba viento en popa en el comercio que el tal don Tristán decidió ampliar y darle variedad, para lo cual envió a su joven hijo a la Villa Rica de la Vera Cruz y a las costas malsanas de la región de más al Sureste.

Quiso la mala suerte que enfermara Tristán chico y llegara a tal grado su enfermedad que se temió por su vida. Así lo dijeron los mensajeros que informaron a don Tristán que era imposible trasladar al enfermo en el estado en que se hallaba y que sería cosa de medicinas adecuadas y de un milagro, para que el joven enfermo de salvara.

Henchido de dolor por la enfermedad de su hijo y temiendo que muriese, don Tristán de Alzúcer se arrodilló ante la imagen de la Virgen y prometió ir caminando hasta el santuario del cerrito si su hijo se aliviaba y podía regresar a su lado.

Semanas más tarde el muchacho entraba a la casa de su padre, pálido, convalesciente, pero vivo y su padre feliz lo estrechó entre sus brazos.

Vinieron tiempos de bonanza, el comercio caminaba con la atención esmerada de padre e hijo y con esto, don Tristán se olvidó de su promesa, aunque de cuando en cuando, sobre todo por las noches en que contaba y recontaba sus ganancias, una especie de remordimiento le invadía el alma al recordar la promesa hecha a la Virgen.

Al fin un día envolvió cuidadosamente un par de botellas de buen vino y se fue a visitar a su amigo y consejero el Arzobispo García de Santa María Mendoza, para hablarle de sus remordimientos, de la falta de cumplimiento a la promesa hecha a la Virgen de lo que sería conveniente hacer, ya que de todos modos le había dado las gracias a la Virgen rezando por el alivio de su vástago.

-Bastará con eso, -dijo el prelado-, si habéis rezado a la Virgen dándole las gracias, pienso que no hay necesidad de cumplir lo prometido.

Don Tristán de Alzúcer salió de la casa arzobispal muy complacido, volvió a su casa, al trabajo y al olvido de aquella promesa de la cual lo había relevado el Arzobispo.

Más he aquí que un día, apenas amanecida la mañana, el Arzobispo Fray García de Santana María Mendoza iba por la calle de La Misericordia, cuando se topó a su viejo amigo don Tristán de Alzúcer, que pálido, ojeroso, cadavérico y con una túnica blanca que lo envolvía, caminaba rezando con una vela encendida en la mano derecha, mientras su enflaquecida siniestra descansaba sobre su pecho.

El Arzobispo le reconoció enseguida, y aunque estaba más pálido y delgado que la última vez que se habían visto, se acercó para preguntarle.

- A dónde váis a estas horas, amigo Tristán Alzúcer?

- A cumplir con la promesa de ir a darle gracias a la Virgen-, respondió con voz cascada, hueca y tenebrosa, el comerciante llegado de las Filipinas.

No dijo más y el prelado lo miró extrañado de pagar la manda, aun cuando él lo había relevado de tal obligación .

Esa noche el Arzobispo decidió ir a visitar a su amigo, para pedirle que le explicara el motivo por el cual había decidido ir a pagar la manda hasta el santuario de la Virgen en el lejano cerrito y lo encontró tendido, muerto, acostado entre cuatro cirios, mientras su joven hijo Tristán lloraba ante el cadáver con gran pena.

Con mucho asombro el prelado vio que el sudario con que habían envuelto al muerto, era idéntico al que le viera vestir esa mañana y que la vela que sostenían sus agarrotados dedos, también era la misma.

-Mi padre murió al amanecer -dijo el hijo entre lloros y gemidos dolorosos-, pero antes dijo que debía pagar no sé qué promesa a la Virgen.

Esto acabó de comprobar al Arzobispo, que don Tristan Alzúcer estaba muerto ya cuando dijo haberlo encontrado por la calle de la Misericordia.

En el ánimo del prelado se prendió la duda, la culpa de que aquella alma hubiese vuelto al mundo para pagar una promesa que él le había dicho que no era necesario cumplir.

Pasaron los años...

Tristán el hijo de aquel muerto llegado de las Filipinas se casó y se marchó de la Nueva España hacia la Nueva Galicia. Pero el alma de su padre continuó hasta terminado el siglo, deambulando con una vela encendida, cubierto con el sudario amarillento y carcomido.

Desde aquél entonces, el vulgo llamó a la calleja de esta historia, El Callejón del Muerto, es la misma que andando el tiempo fuera bautizada como calle República Dominicana.

Fuente: Leyendas Mexicanas de antes y después de la Conquista Carlos Franco Sodja Edit. EDAMEX

Leyenda publicada en: Leyendas de México

miércoles, 1 de noviembre de 2006

Calaverita de oficina

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CALAVERAS
noviembre 2006



La Valtierra se estaba poniendo flaca
por tanto ejercicio que hacía,
por eso vio una calaca
y sintió que desfallecía...

La Mariposa de Humo se fue al cielo volando
con un disco de Santiago Feliú cargando
y ahora en el cielo danza árabe practica
y con los angelitos platica.

Nos pondremos todos en duelo
porque Claudia está bajo el suelo.

Irasema

La Mujer Xtabay - Leyenda

Bajo la luna del antiguo Mayapan, al socaire de los asombrosos templos de los itzaes, he oído repetida esta leyenda sin que nadie le quite o le aumente a su albedrío, sin que ninguno ose deformarla y así, como joya de milagrería se conserva para deleite de quien oye o de quien lee esta historia que como muchas no se ha borrado, no se borrará jamás, porque ha quedado inscrita en los libros antiguos y en las páginas sagradas del recuerdo Maya.

Dice pues la leyenda que la mujer Xtabay es la mujer hermosa, inmensamente bella que suele agradar al viajero que por las noches se aventura en los caminos del Mayab.

Sentada al pie de la más frondosa ceiba del bosque, lo atrae con cánticos, con frases dulces de amor, lo seduce, lo embruja y cruelmente lo destruye.

Los cuerpos destrozados de esos incautos enamorados aparecen al día siguiente con las más horribles huellas de rasguños, de mordidas y con el pecho abierto por uñas como garras.

Muchos ladinos, gentes que desconocen el origen verdadero de la mujer Xtabay, han dicho que es hija del Ceibam que nace de sus torcidas y serpentinas raíces pero eso no es verdad, la auténtica tradición maya dice que la mujer Xtabay nace de una planta espinosa, punzadora y mala y si es que la Xtabay aparece junto a las ceibas, es porque este árbol es sagrado para los hijos de la tierra del faisán y del venado y muchas veces en cobijo y sombra, se acogen bajo sus ramas, confiados en la protección de tan bello y útil árbol

Vivían en un cierto pueblo de la península yucateca dos mujeres siendo el nombre de una de ellas Xkeban o mejor decir su apodo ya que Xkeban quiere decir prostituta, mujer mala o dada al amor ilícito.

Decían que la Xkeban estaba enferma de amor y de pasión y que todo su afán era prodigar su cuerpo y su belleza que eran prodigiosos, a cuanto mancebo se lo solicitaba.

Su verdadero nombre era Xtabay.

Muy cerca de la casa que ocupaba esta bellísima mujer, habitaba en otra casa bien hecha, limpia y arreglada continuamente, la consentida del pueblo que llamaban Utz-Colel, que en la traducción hispana sería mujer buena, mujer decente y limpia.

Erase esta mujer la Utz-Colel, virtuosa y recta, honesta a carta cabal y jamás había cometido ningún desliz ni el mínimo pecado amoroso.

La Xtabay tenía un corazón tan grande, como su belleza y su bondad la hacía socorrer a los humildes, amparar al necesitado, curar al enfermo y recoger a los animales que abandonaban por inútiles.

Su grandeza de alma la llevaba hasta poblados lejanos a donde llegaba para auxiliar al enfermo y se despojaba de las joyas que le daban sus enamorados y hasta de sus finas vestiduras para cubrir la desnudez de los desheredados.

Jamás levantaba la cabeza en son altivo, nunca murmuró ni criticó a nadie y con absoluta humildad soportaba los insultos y humillaciones de las gentes.

En cambio bajo las ropas de la Utz-Colel se dibujaba la piel dañina de las serpientes, era fría, orgullosa, dura de corazón y nunca jamás socorría al enfermo y sentía repugnancia por el pobre.

Y ocurrió que un día las gentes odiosas del pueblo no vieron salir de su casa a la Xkeban y supusieron que andaba por los pueblos ofreciendo su cuerpo y sus pasiones indignas.

Se contentaron de poder descansar de su ignominiosa presencia, pero transcurrieron días y más días y de pronto por todo el pueblo se esparció un fino aroma de flores, un perfume delicado y exquisito que lo invadía todo.

Nadie se explicaba de dónde emanaba tan precioso aroma y así, buscando, fueron a dar a la casa de la Xkeban a la que hallaron muerta, abandonada, sola.

Más lo extraordinario era que si la Xkeban no estaba acompañada de personas, varios animales cuidaban de su cuerpo del que brotaba aquel perfume que envolvía al pueblo.

Enterada la Utz-Colel dijo que esa era una vil mentira, ya que de un cuerpo corrupto y vil como el de la Xkeban, no podía emanar sino podredumbre y pestilencia, más que si tal cosa era como todos los vecinos, decían, debía ser cosa de los malos espíritus, del dios del mal que así continuaba provocando a los hombres.

Agregó la Utz-Colel que si de mujer tan mala y perversa escapaba en tal caso ese perfume, cuando ella muriera el perfume que escaparía de su cuerpo sería mucho más aromático y exquisito.

Más por compasión, por lástima y por su deber social, un grupo de gentes del poblado fue a enterrar a la Xkeban y cuéntase que el día siguiente, su tumba estaba cubierta de flores aromáticas y hermosas, tan tapizado estaba el túmulo que parecía como si una cascada de olorosas florecillas hasta entonces desconocidas en el Mayab, hubiera caído del cielo.

La tumba de la Xkeban duró todo el tiempo florecida y olorosa.

Poco después murió la Utz-Colel y a su entierro acudió todo el pueblo que siempre había ponderado sus virtudes, su honestidad, su recogimiento y cantando y gritando que había muerto virgen y pura, la enterraron con muchos lloros y mucha pena.

Entonces recordaron lo que había dicho en vida acerca de que al morir, su cadáver debería exhalar un perfume mucho mejor que el de la Xkeban, pero para asombro de todas las gentes que la creían buena y recta, comprobaron que a poco de enterrada comenzó a escapar de la tierra floja, todavía, un hedor insoportable, el olor nauseabundo a cadáver putrefacto.

Toda la gente se retiró asombrada.

En su idioma maya dicen los viejos que aún cuentan la historia con todos los detalles que debió ocurrir en la leyenda, que hoy la florecilla que naciera en la tumba de la pecadora Xkeban, es la actual flor Xtabentún que es una florecilla tan humilde y bella, que se da en forma silvestre en las cercas y caminos, entre las hojas buidas y tersas del agave

El jugo de esa florecilla embriaga muy agradablemente, como debió ser el amor embriagador y dulce de la Xkeban.

Tzacam, que es el nombre del cactus erizado de espinas y de mal olor por ambas cosas, intocable, es la flor que nació sobre la tumba de la Utz-Colel, es la florecilla si bien hermosa sin aroma alguna y a veces de olor desagradable, como era el carácter y la falsa virtud de la Utz-Colel.

Esto es lo que ha dicho el maya y lo sigue repitiendo a través del tiempo, sin cambiarlo, sin ponerle ni quitarle, como deben conservarse las cosas nuestras, intactas, con las mismas palabras con que nacieron en el mito, en la leyenda, en el alma de quienes tan dulcemente han tejido estas historias.

No es pues la Xtabay, la mujer mala que destruye a los hombres después de atraerlos con engaños al pie de las frondosas ceibas, pero puede ser otro de esos malos espíritus que rondan por la selva al acecho del peregrino que cruza los caminos aún poblados de superstición y de leyenda.

Puede ser el ama errante de una de tantas vírgenes sacrificadas a la orilla del cenote sagrado, puede ser la vaporosa figura de una mujer que llora el engaño del amado.

Pero la Xtabay, jamás.

Esto dicen las mayas, esto han contado y seguirán contando los hombres de esa tierra en donde conservan el ritual de un relato y defienden sus costumbres de una intromisión que aniquilo su cultura.


Leyenda publicada en: Leyendas de México - leyendas de tu región

martes, 31 de octubre de 2006

La llorona - Leyenda

Este 1 y 2 de noviembre celebramos en México el Día de muertos, una celebración a la muerte llena de colores. Si desean saber más sobre esta celebración, hace un año Enigmatario hizo una serie de post en octubre. Yo lo estaré celebrando en mi blog recordando algunas leyendas mexicanas, en su mayoría de la época colonial.

Hoy será la leyenda de La llorona, que viene su imagen desde antes de la llegada de los españoles a Tenochtitlán.

Feliz fin de octubre!



La llorona

Los cuatros sacerdotes aguardaban expectantes.

Sus ojillos vivaces iban del cielo estrellado en donde señoreaba la gran luna blanca, al espejo argentino del lago de Texcoco, en donde las bandadas de patos silenciosos bajaban en busca de los gordos ajolotes.

Después confrontaban el movimiento de las constelaciones estelares para determinar la hora, con sus profundos conocimientos de la astronomía.

De pronto estalló el grito....

Era un alarido lastimoso, hiriente, sobrecogedor.

Un sonido agudo como escapado de la garganta de una mujer en agonía.

El grito se fue extendiendo sobre el agua, rebotando contra los montes y enroscándose en las alfardas y en los taludes de los templos, rebotó en el Gran Teocali dedicado al Dios Huitzilopochtli, que comenzara a construir Tizoc en 1481 (para terminarlo Ahuizotl en 1502 si las crónicas antiguas han sido bien interpretadas) y parecio quedar flotando en el maravilloso palacio del entonces Emperador Moctezuma Xocoyótzin.

-- Es Cihuacoatl! -- exclamó el más viejo de los cuatro sacerdotes que aguardaban el portento.

-- La Diosa ha salido de las aguas y bajado de la montaña para prevenirnos nuevamente --, agregó el otro interrogador de las estrellas y la noche.

Subieron al lugar más alto del templo y pudieron ver hacia el oriente una figura blanca, con el pelo peinado de tal modo que parecía llevar en la frente dos pequeños cornezuelos, arrastrando o flotando una cauda de tela tan vaporosa que jugueteaba con el fresco de la noche plenilunar.

Cuando se hubo opacado el grito y sus ecos se perdieron a lo lejos, por el rumbo del señorío de Texcocan todo quedó en silencio, sombras ominosas huyeron hacias las aguas hasta que el pavor fue roto por algo que los sacerdotes primero y después Fray Bernandino de Sahagún interpretaron de este modo:

"...Hijos míos... amados hijos del Anáhuac, vuestra destrucción está próxima...."

Venía otra sarta de lamentos igualmente dolorosos y conmovedores, para decir, cuando ya se alejaba hacia la colina que cubría las faldas de los montes:

"... A dónde iréis.... a dónde os podré llevar para que escapéis a tan funesto destino.... hijos míos, estáis a punto de perderos..."

Al oir estas palabras que más tarde comprobaron los augures, los cuatro sacerdotes estuvieron de acuerdo en que aquella fantasmal aparición que llenaba de terror a las gentes de la gran Tenochtitlán, era la misma Diosa Cihuacoatl, la deidad protectora de la raza, aquella buena madre que había heredado a los dioses para finalmentente depositar su poder y sabiduría en Tilpotoncátzin en ese tiempo poseedor de su dignidad sacerdotal.

El emperador Moctezuma Xocoyótzin se atuzó el bigote ralo que parecía escurrirle por la comisura de sus labios, se alisó con una mano la barba de pelos escasos y entrecanos y clavó sus ojillos vivaces aunque tímidos, en el viejo códice dibujado sobre la atezada superficie de amatl y que se guardaba en los archivos del imperio tal vez desde los tiempos de Itzcoatl y Tlacaelel.

El emperador Moctezuma, como todos los que no están iniciados en el conocimiento de la hierática escritura, sólo miraba con asombro los códices multicolores, hasta que los sacerdotes, después de hacer una reverencia, le interpretaron lo allí escrito.

---Señor, -- le dijeron --, estos viejos anuales nos hablan de que la Diosa Cihuacoatl aparecerá según el sexto pronóstico de los agoreros, para anunciarnos la destrucción de vuestro imperio.

Dicen aquí los sabios más sabios y más antiguos que nosotros, que hombres extraños vendrán por el Oriente y sojuzgarán a tu pueblo y a ti mismo y tú y los tuyos serán de muchos lloros y grandes penas y que tu raza desaparecerá devorada y nuestros dioses humillados por otros dioses más poderosos.

--- Dioses más poderosos que nuestro Dios Huitzilopochtli, y que el Gran Destructor Tezcatlipoca y que nuestros formidables dioses de la guerra y de la sangre? -- preguntó Moctezuma bajando la cabeza con temor y humildad.

--- Así lo dicen los sabios y los sacerdotes más sabios y más viejos que nosotros, señor. Por eso la Diosa Cihuacoatl vaga por el anáhuac lanzando lloros y arrastrando penas, gritando para que oigan quienes sepan oír, las desdichas que han de llegar muy pronto a vuestro Imperio.

Moctezuma guardó silencio y se quedó pensativo, hundido en su gran trono de alabastro y esmeraldas; entonces los cuatro sacerdotes volvieron a doblar los pasmosos códices y se retiraron también en silencio, para ir a depositar de nuevo en los archivos imperiales, aquello que dejaron escrito los más sabios y más viejos.

Por eso desde los tiempos de Chimalpopoca, Itzcoatl, Moctezuma, Ilhuicamina, Axayácatl, Tizoc y Ahuizotl, el fantasmal augur vagaba por entre los lagos y templos del Anáhuac, pregonando lo que iba a ocurrir a la entonces raza poderosa y avasalladora.

Al llegar los españoles e iniciada la conquista, según cuentan los cronistas de la época, una mujer igualmente vestida de blanco y con las negras crines de su pelo tremolando al viento de la noche, aparecía por el Sudoeste de la Capital de la Nueva España y tomando rumbo hacia el Oriente, cruzaba calles y plazuelas como al impulso del viento, deteniéndose ante las cruces, templos y cementerios y las imágenes iluminadas por lámparas votivas en pétreas ornacinas, para lanzar ese grito lastimero que hería el alma.

-----Aaaaaaaay mis hijos....... Aaaaaaay aaaaaaay!....

El lamento se repetía tantas veces como horas tenía la noche la madrugada en que la dama de vestiduras vaporosas jugueteando al viento, se detenía en la Plaza Mayor y mirando hacia la Catedral musitaba una larga y doliente oración, para volver a levantarse, lanzar de nuevo su lamento y desaparecer sobre el lago, que entonces llegaba hasta las goteras de la Ciudad y cerca de la traza.

Jamás hubo valiente que osara interrogarla.

Todos convinieron en que se trataba de un fantasma errabundo que penaba por un desdichado amor, bifurcando en mil historias los motivos de esta aparición que se transplantó a la época colonial.

Los románticos dijeron que era una pobre mujer engañada, otros que una amante abandonada con hijos, hubo que bordaron la consabida trama de un noble que engaña y que abandona a una hermosa mujer sin linaje.

Lo cierto es que desde entonces se le bautizó como "La llorona", debido al desgarrador lamento que lanzaba por las calles de la Capital de Nueva España y que por muchos lustros constituyó el más grande temor callejero, pues toda la gente evitaba salir de su casa y menos recorrer las penumbrosas callejas coloniales cuando ya se había dado el toque de queda.

Muchos timoratos se quedaron locos y jamás olvidaron la horrible visión de "La llorona" hombres y mujeres "se iban de las aguas" y cientos y cientos enfermaron de espanto.

Poco a poco y al paso de los años, la leyenda de La Llorona, rebautizada con otros nombres, según la región en donde se aseguraba que era vista, fue tomando otras nacionalidades y su presencia se detectó en el Sur de nuestra insólita América en donde se asegura que todavía aparece fantasmal, enfundada en su traje vaporoso, lanzando al aire su terrorífico alarido, vadeando ríos, cruzando arroyos, subiendo colinas y vagando por cimas y montañas.


Leyenda publicada en: Leyendas de México - leyendas de tu región

lunes, 30 de octubre de 2006

La Planchada - Leyenda

Esta leyenda fue de las más populares del siglo XX, también es conocida como "La Enfermera Visitante", evoca muchas narraciones misteriosas ocurridos en el Hospital Juárez, el Centro Médico, además de clínicas y centros de salud de la Ciudad de México y sus alrededores.

Una de las versiones de cómo ocurrieron los hechos que dieron origen a la leyenda narra que una enfermera de nombre Eulalia entró a formar parte del personal de un hospital civil, y en poco tiempo se ganó la simpatía y el afecto del personal médico y administrativo.

La joven enfermera era de buena presencia, y vestía su ropa siempre con una blancura impecable, y muy bien almidonada y planchada.

Era entregada a su vocación por atender a los pacientes, en una ocasión el Director del hospital llamó al personal porque iba a presentar a un médico de nuevo ingreso, pero sin embargo ella no acudió al llamado porque se encontraba atendiendo a un paciente.

El médico recién llegado se llamaba Joaquín, era joven y recién egresado, y después de un corto tiempo en el hospital se rumoraba que era orgulloso y envanecido. Cierto día se le encomendó a la enferemera Eulalia que auxiliara al Doctor Joaquín, quien iba a extraer una bala a un paciente que llegaba de urgencia.

Dicen que Eulalia quedó impactada al conocer al Doctor Joaquín, y que después de colaborar con el mencionado médico no dejaba de hablar de sus ojos y de lo bien parecido que era. A pesar de que muchas personas le recomendaron que no se enamorara del galeno, en poco tiempo se hicieron novios, aunque la relación no era equitativa: ella le entregaba todo su amor y él era fanfarrón, y coqueteaba con otras enfermeras.

Pasaron meses e incluso más de un año, y el Doctor Joaquín le dijo que se casarían. Ella se emocionó mucho y comenzó a ilusionarse con la boda.

Un día, él le pidió que le guardara un traje de etiqueta porque iba a ir a una elegante recepción al día siguiente. Ella accedió, y así al otro día el la visitó en su casa, donde se cambió y al terminar conversaron un rato. Eulalia le comentó que había olvidado mencionarle que a la mañana siguiente iba a salir temprano de viaje pues tenía un seminario al norte del país que duraría 15 días.

A la enfermera Eulalia le extrañó un poco que no le hubiera mencionado nada Joaquín acerca del viaje con anterioridad, pero le deseó buen viaje y se despidió del él.

A la semana, ella ya lo extrañaba mucho, y un enfermero del hospital conversó con ella y le confesó que tenía interés de que ella lo acompañara a una fiesta, pero ella le dijo que no podía hacerlo, pues estaba comprometida con el Doctor Joaquín, a lo que él le respondió que cómo iban a estar comprometidos si él se acababa de casar y estaba en su viaje de bodas, además que había renunciado a su trabajo y se iba de la ciudad.

La enferemera Eulalia no pudo evitar sumirse en una profunda depresión por el engaño en el que había sido víctima. Dicen que comezó a llegar tarde al trabajo, descuidó a algunos enfermos, e incluso hay quienes mencionan que se le llegaron a morir por su desatención.

Pasó el tiempo, y ella cayó en cama por una enfermedad que la llevó más tarde a la tumba, en el mismo hospital donde trabajaba.

Después de un tiempo, comenzaron a suceder hechos extraños, como que una mañana un paciente que estaba grave amaneció muy bien, y le dijo a la enfermera:

-Gracias por sus cuidades, la medicina que me dió me mejoró mucho.

Sin embargo, la enfermera no había ido en la madrugada.Image Hosted by ImageShack.us

En otra ocasión, una paciente también mencionó que una enfermera vestida con ropa muy bien almidonada había ido durante la noche a darle unas pastillas.

Así comenzaron a ser comunes las narraciones de las visitas de la fantasmal enfermera a quien llamaron desde entonces "La Planchada". El personal del hospital se familiarizó con las apariciones de Eulalia, quien en las noches circulaba por los pasillos, entraba a los cuartos, y nadie duda que hasta haya sido auxiliar en alguna de las de cirugías.

El día de hoy todavía sigue escuchándose de vez en cuando que alguien comenta sobre una visita de la enfermera, con su vestido largo, blanco y perfectamente almidonado y esto no ha sido solo en el Hospital Juárez, sino en otros nosocomios de la Ciudad de México.


Leyenda publicada en: Leyendas de México

jueves, 21 de septiembre de 2006

Soñando despierta



Es extraña la mente. A veces se pierde la mente con el sonido de una voz, voz lejana explicando, hablando, arrullando... Navega en sus pensamientos y deja de escuchar aquella voz.

Una interrupción. Risas. La mente regresa a prestar atención, pero la voz nuevamente vuelve a arrullar.

Perderse otra vez y desconectarse de lo que ocurre alrededor. No interesa nada más que explorar las ideas que van surgiendo sin ton ni son. Es más entretenido, más enriquecedor. Se van hilando palabras entre esas ideas creando historias, poemas, sueños, deseos...

La voz trae de regreso una vez más. ¡Despierta!. Comportarse, interactuar, comentar un poco sobre el tema para no demostrar el aburrimiento que provoca aquella y sus palabras.

Capturar los sueños despiertos. Si. Escribir en este block de notas todos estos sueños que las voces inducen para después poderlos pulir y plasmar.

Quizá, al final de la reunión de trabajo, logre despertar.

miércoles, 20 de septiembre de 2006

Historias por contar

Historias por contar


Esa costumbre me la enseñaron de niña, cuando había que esperar horas para hacer un pago o hacer alguna compra y la impaciencia me ganaba. Yo tenía la inquietud de 5 años y mi madre el agotamiento de sus 45-con-4-hijos-adolescentes.

- "Espérate tantito, ya no tardamos"

- "Mira, nomás pasan esas personas, nos toca y nos vamos"

- "Ya no tarda en llegar tu papá por nosotras"

- "¡YA...!"


Paciencia le pedía mi madre a los cielos para lidiar con mi curiosidad infantil sin que me alejara de su lado e investigar a mi alrededor. Y en la búsqueda con qué entretenerme, comenzaba a contarme historias inventadas de las personas que estaban por ahí.

- "Mira, a ese señor con la bolsita rosa... su esposa le pidió que fuera por el mandado y se le olvidó comprar las calabazas, por eso está pensando dónde podrá ir a comprarlas."

- "Ese otro señor tiene 5 hijos, y hoy es el cumpleaños de su hijo Lalo. Para sorprenderlo, fué a la tienda de mascotas a comprarle un animalito y ahí lleva su regalo en la cajita de plástico."

- "Ahí están un par de novios platicando de la fiesta a la que fueron el fin de semana pasado. Ella se llama Ernestina y él se llama Rigoberto. Ya están haciendo planes para hacer la tarea de la escuela, para que no los reprueben..."



Las historias se pierden entre los recuerdos y se olvidan...


Ahora, ya de adulta, me sorprendo distraída mirando a las personas, pensando en silencio las historias por contar que hay en sus vidas...


A mi hermano Eduardo, hoy en su cumpleaños.
(De saber que vendrías te tendría un pastel,
un pastel, un pastel...)

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